“MI CAMINO HACIA MI PARTO POR CESÁREA”

“MI CAMINO HACIA MI PARTO POR CESÁREA”

Las cosas no tienen que salir de acuerdo al plan para enseñarnos una lección

Mi primer embarazo me cambió la vida. Claro, ¡la noticia de que vas a tener un primer hijo siempre cambia la vida! Pero creo sinceramente que en mi caso, el cambio llegó más allá de la noticia de que iba a ser mamá.

Embarazarme y vivir mi embarazo de forma consciente abrió el espacio que me permitió reencontrarme con mi feminidad, sentirme realmente mujer y despertar mi magia creadora e intuitiva que se escondía en mi vientre.

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Para vivir la experiencia completa de esta transformación, era sumamente importante para mí que mi parto fuera natural porque creía firmemente (y sigo creyendo) que mi cuerpo de mujer está diseñado y preparado para vivir el embarazo y el parto de forma natural. Es, de alguna forma, un acto de fe hacia la maravillosa manera en que la naturaleza diseñó el cuerpo de la mujer. ¡Sabía que tenía la fortaleza para hacerlo y vivirlo!

Sin embargo, las cosas no siempre tienen que salir de acuerdo al plan para transformarnos y enseñarnos lo que debemos aprender. Mi hijo, bien sentadito en mi útero y enredado en su cordón como si fuera salchicha polaca, nunca iba a nacer por parto natural.  Después de intentar absolutamente todo para remediar la situación (acupuntura, versión externa con una partera experimentada, pararme de cabeza, etc.) tuve que entender que mi parto iba a ser por cesárea. 

Lo que siguió fue empezar a aceptar que no iba a tener el parto natural que tanto anhelaba. El apoyo de mi esposo fue muy importante en este proceso. Juntos creamos nuestro pequeño ritual para dar gracias por lo hermoso que había sido mi embarazo y para soltar, entregarnos y dejar fluir lo que venía. 

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Mi parto consistió en una cesárea necesaria, y eso fue lo que me ayudó a aceptarla. No fue de esas “cesáreas innecesarias”, como las que vemos demasiado hoy en día. No había manera de que pudiera nacer mi hijo estando como estaba. Entender eso me dio la oportunidad de agradecer por los avances de la ciencia, que nos permitieron a mi hijo y a mí, vivir un parto por cesárea sin complicaciones.

Así, mi esposo y yo concentramos nuestros esfuerzos en que esta “cesárea necesaria” fuera humanizada, para ayudar a que me hijo llegara a este mundo de la manera más humana posible. Decidimos cambiar de doctor por uno que nos ayudara a respetar este tipo de procedimiento. Accedió a prácticamente todas nuestras peticiones. Se esperó a que empezara mi trabajo de parto por sí solo, para asegurarse de que mi angelito estaba listo para nacer y permitirle tomar esta primera gran decisión en su vida sobre cuándo quería nacer.

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Nos acomodó la luz más tenue en el quirófano y nos puso la música que escuchaba durante mi embarazo. Me dio un beso en la frente antes de empezar y me hizo sentir en confianza y como una madre a punto de conocer a su bebé, no como una paciente. Permitió que tanto mi esposo como mi doula me acompañaran en el quirófano, y en cuanto nació mi bebé, me lo acercó y pude tenerlo junto a mí y sentirlo. Todo transitó rápidamente y dentro de una hora estaba lista para darle de comer a mi hijo de mi pecho, lo cual nos ayudó mucho a establecer una lactancia exitosa. A partir de este momento, no se despegó de mis brazos.

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Fue una cesárea muy bonita y doy gracias por ello. Sin embargo, tenía que hacer el duelo de la experiencia de un parto natural que no pude vivir con mi hijo. Más que una herida en mi bajo vientre, la cesárea había dejado una herida emocional en mi alma de mujer. No me sentía completa como mujer. Era como si una parte de mí como mujer estuviera descompuesta. No había podido dar a luz por el canal de parto natural.

Una vez más, mi esposo fue una parte clave en mi proceso de duelo. Escuchó una y otra vez la historia, me prestó su hombro para llorar y secó mis lágrimas infinidad de veces, entendiendo que necesitaba vivir esto para sanar.

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Juntos le buscamos una razón de ser a la cesárea: ¿Será nuestro hijo quien decidió llegar a este mundo de esta forma? ¿Habrá sido esencial esta experiencia para enseñarme a soltar, entregarme a la vida y fluir? ¿Habrá tenido esta tarea tan grande mi hijo desde tan pequeño? Nunca lo sabremos con total seguridad, pero con tiempo, logré aceptar y abrazar la experiencia de mi cesárea como parte de mi vida. Como hermosamente me dice mi esposo, nos queda de recuerdo la sonrisa en mi bajo vientre que dejó de cicatriz la cesárea. 

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Historia: Marie-Eve Pomerleau, madre de dos hijos (cesárea y parto natural, respectivamente), esposa y doula. Redactora Invitada.

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